Desde muy pequeña me confronté con la muerte de un ser muy querido, como le pasa a muchos niños y en estos momentos a muchas personas, desde entonces es un tema que me ha acompañado siempre. La muerte inesperada de un ser querido, nos puede producir una serie de emociones como la rabia, la impotencia, la tristeza o la culpa de todo lo que podríamos haber hecho o dicho y no hicimos. Es licito tenerlas, es normal y hasta sano, mientras no se encapsulen pudiéndonos sumir en la más completa tristeza, melancolía o en un sentido de culpa insoportable. El cuerpo se va, es inevitable, todos nos morimos y no sabemos cuando va a ser. Lo ideal sería estar preparados siempre, pero tenemos una cultura que niega la muerte ofreciendo elixires rejuvenecedores y entretenimientos materiales que no nos llevaremos después de muertos. No hace falta ser creyente para saber que el cuerpo transporta nuestra consciencia, un debate que ahora no es el objeto de este escrito.

En estos momentos solo puedo aconsejar el pensar en la persona que nos ha dejado, visualizarla en vuestro corazón y hablarle, decirle todo lo que os gustaría haberles dicho, pedirles perdón, agradecer todo lo que os ofreció seguridad, amor, alegría, compresión etc. Y si estáis enfadados decírselo también, estoy muy enfadado por tal y tal y me gustaría que hubiera sido diferente pero ahora me siento así o así, como lo sintáis de verdad.

Decidle todo y terminad deseándole paz y lo mejor en su nuevo transito transformador, en su evolución de la consciencia.

Los llevaremos siempre en nuestro corazón de ahí no nos lo quita nadie.